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DULCE HUÉSPED DEL ALMA

Breve reflexión teológica sobre el Espíritu Santo

Juan Serna, 14 de mayo de 2021

     La característica más decisiva de la vida cristiana es atesorar una viva relación con Cristo desde la cual, y no sin cierto atrevimiento, dirigirse a Dios como Padre en el horizonte del ser y de la vida. Estas dos referencias —al Hijo y al Padre— son frecuentes en la vida de los cristianos, y relativamente fáciles de asumir. Pero, ¿qué ocurre con el Espíritu Santo? ¿Cómo acogemos al Espíritu de Jesús en nuestra experiencia de fe? Con la Pascua de Pentecostés se vuelven a poner en evidencia las dificultades de muchos cristianos con la persona del Espíritu Santo. ¿Se trata de una realidad de la que hacerse cargo solo porque Jesús nos lo dice, pero de la que no sabemos casi nada? ¿Cómo podríamos celebrar con más sentido la fiesta de Pentecostés? En estas líneas me gustaría ofrecer una reflexión teológica sencilla para responder a estas y otras preguntas sobre la persona del Espíritu Santo.

El anhelo de espiritualidad

     La demanda de espiritualidad se ha vuelto una de las notas más destacadas de nuestro entorno cultural. La buscan muchas personas que viven bajo la presión de múltiples tareas que consumen todo su tiempo, o que se sienten esclavizadas a monótonas rutinas que ahogan su creatividad. Además, cada vez son más los que, agobiados por el desarrollo técnico que coloniza progresivamente el ámbito de su intimidad personal, reclaman espacios de silencio y «desconexión digital», momentos de diálogo personal y encuentros tranquilos, actividades sencillas de descanso y enriquecimiento, historias vividas que llenen de poesía la ardua tarea cotidiana a la que con frecuencia resulta difícil encontrar sentido…

     Algunos llaman «espiritualidad» a esta inquietud, sin duda porque se incluye una vaga preocupación por el «espíritu» humano, un impulso por atender aquella dimensión que impide que la técnica o la rutina nos reduzca a meras reacciones frías, inmediatas y aprendidas a los estímulos de la vida. Pero, lamentablemente, esta comprensión de la espiritualidad es aún muy difusa y, sobre todo, parece desentenderse de lo principal: saber si verdaderamente hay «algo» que pueda llamarse «espíritu». En muchos movimientos, el espíritu es solo una evasión del cansancio de lo cotidiano y del agotamiento de cada jornada, o el simple anhelo de una escapada o de una reparadora huida. Bajo el nombre de «espiritualidad» se ofrecen hoy melodías tranquilas en internet, sencillos ejercicios físicos que ayudan a serenar el alma, meditaciones recargadas de buenas intenciones, suplementos de una humanidad cansada y hasta limitada.

     En estas «espiritualidades» se recoge una distinción muy antigua, que se remonta hasta la primera filosofía griega: la oposición entre la «materia» y el «espíritu». También hoy se cree que las personas somos «algo más» que materia, y que no podemos contentarnos simplemente con nuestras preocupaciones «materiales»: es necesario que abramos nuestra vida a un «más allá» representado por «lo espiritual» —sinónimo de belleza, serenidad, paz profunda y comunión con el universo…

     Para el cristianismo, estas y otras llamadas a la «espiritualidad» son ciertamente una experiencia aliada. Podríamos aplicar a quien se preocupa hondamente por cultivar su espíritu aquella expresión que Jesús dirigió al escriba que acudió a Él con sinceridad: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Pero al compartir esta inquietud, los cristianos hacemos dos importantes precisiones. La primera, aunque menos importante, es la siguiente: la espiritualidad no es la dimensión opuesta a la materialidad; no se puede entender la vida espiritual como una evasión de la vida cotidiana, ni se trata de dos mundos paralelos, ni de dos vivencias que tienen lógicas distintas sin trasvases entre sí. Para el cristianismo, la espiritualidad es la manera peculiar de vivir la experiencia cotidiana, con sus alegrías y sus cansancios, su intensidad y su rutina. Cualquier espiritualidad que se presente como olvido de la vida cotidiana es una alienación injustificable.

     Y la segunda objeción cristiana, aunque es con todo la más importante, es la siguiente:  una espiritualidad que se comprende como anhelo de sentido, de armonía, de poesía, etc., olvida que lo espiritual no es simplemente una dimensión, una atmósfera, una práctica o una clave. Para los cristianos, la espiritualidad es, ante todo, una relación personal. No hay espiritualidad sin encuentro con un «Tú» que me llama y me hace ser. La espiritualidad es llamada, es diálogo, es propuesta, es comunión. Lo que anhelamos profundamente es un «Tú» que pronuncie nuestro nombre, introduciendo en esta llamada reconocimiento y esperanza, cercanía y novedad. Así pues, la pregunta por el Espíritu Santo solo puede hacerse en clave personal.

La rica experiencia cristiana de Dios

     Hablar de espiritualidad es, por tanto, plantear la cuestión de Dios. Y esta cuestión solo se puede tratar con un presupuesto previo, que es el de su grandeza y nuestra limitación, su trascendencia y la pequeñez de nuestros intentos por conocerle. Esto es lo que reconoce san Agustín: después de dedicar varios tratados, libros y sermones a la cuestión de Dios, concluye sorprendentemente diciendo que Dios mismo está más allá de nuestras palabras, de nuestros esquemas y conceptos; y sostiene: «si lo comprendes, no es Dios». Si piensas que con tus palabras has conseguido abarcarlo, o incluso domesticarlo y dejarlo bien controlado con tus riendas, eso que has dominado y que llamas «Dios» no es realmente el Dios vivo de la fe.

     Esta grandeza de la realidad de Dios se refleja en la confesión de la fe cristiana: Dios es confesado, pero no controlado; es acogido, pero no dominado. Es imposible limitar a Dios a experiencias históricas, o al simple resultado de una reflexión sobre el sentido de nuestra vida o sobre la causa de nuestro mundo. Dios es todo eso (experiencia, historia, sentido, causa…) pero es también más que eso, y así lo confesamos en el Credo.

     En primer lugar, Dios es el horizonte al que la humanidad de todos los tiempos ha mirado de distintas maneras como fuente y destino de la vida humana. Ya se comience por las dimensiones que engrandecen la dignidad humana, o se comience más bien por las limitaciones que recuerdan al hombre su miseria, en ambas experiencias nos sentimos lanzados a una realidad que nos llena de asombro y que al mismo tiempo proporciona protección. Aunque con diversos rostros a lo largo de la historia, Dios ha sido la común respuesta al vértigo humano, como su cumbre y como su abismo.

     En segundo lugar, este Dios de lo alto y de lo profundo ha mostrado su verdadero rostro en Jesús de Nazaret, quien enseñó que Dios es un Padre conmovido de amor por sus hijos. Aquel que lo conoce todo y lo sostiene todo con sabiduría y poder tiene la voluntad de poner en cada uno nosotros su mirada de ternura. Presentándose como el Hijo de Dios, Jesús nos ha mostrado el auténtico rostro de Dios y la grandeza de nuestra vocación humana. Porque Él es el Hijo, conoce al Padre y nos lo puede dar a conocer. El amor de Dios se ha manifestado de manera insuperable en Jesús, en su mensaje, en su misión, en su entrega.

     Pero Dios no se muestra solo en los cimientos del mundo como Padre o en los pasos de Cristo como Hijo. Si tuviéramos que limitarnos a estas experiencias ciertamente alcanzaríamos cierto conocimiento de Dios, pero todo sería aún demasiado «exterior», demasiado ajeno. Y lo cierto es que Dios mismo habita en el interior de nuestro ser, de modo que solo entrando en nuestra propia conciencia es como podemos encontrarlo. Citando de nuevo a san Agustín, hay que decir que Dios está en lo más íntimo de nuestra intimidad, y que es inútil que nos gastemos buscándolo fuera, cuando Él se nos manifiesta desde dentro.

     Estas tres experiencias fundamentales de Dios (el Dios eterno, Jesús el Hijo de Dios, y el Dios interior) no son para los cristianos simplemente tres manifestaciones diferentes de una única realidad inabarcable, sino tres personas distintas, que dialogan sin fingimiento entre sí y que cuando se dicen «Tú» no camuflan una disimulada unidad autorreferencial, sino que entablan una verdadera relación personal, en la que nos llaman a participar. Esta es la grandeza del misterio del Dios cristiano, expresión de la trascendencia de Dios y de su superioridad sobre la limitación de nuestra mirada.

     Esta comunicación triple de Dios, en el abismo del ser, en el rostro de Cristo y en la hondura de la conciencia, se acrisola en el Espíritu que nos habita y que nos muestra que no podríamos acoger a Dios si no lo hiciéramos desde dentro (Gal 4,6). Arrinconando al Espíritu en nuestro itinerario cristiano viviríamos una fe volcada en estériles búsquedas exteriores, que nos dejarían siempre vacíos. La fe en el Espíritu Santo pone interioridad a nuestra fe, nos impulsa a arraigar en la propia conciencia lo que creemos, a hacerlo vida y experiencia. Vivir la presencia interior del Espíritu nos pone en la dinámica de una relación interior con Cristo, en una existencia vivida de dentro afuera, y nos hace superar la tentación de mendigar por fuera el tesoro que debemos ser capaces de encontrar dentro.

     La vida en el Espíritu

     El «cristianismo interior» que inicia el Espíritu Santo en nuestra conciencia no debe confundirse con un falso intimismo o con una «espiritualidad» opuesta al compromiso que se deriva del seguimiento de Jesús. Es verdad que el Espíritu nos permite adentrarnos en la relación con Dios en circunstancias de una especial intimidad, de manera que, por el Espíritu, Dios no nos es desconocido; además, por el Espíritu, Jesús no es solo un recuerdo, sino una presencia viva y una llamada permanente. Ahora bien, esta intimidad no convierte nuestra experiencia de Dios es una emoción particularísima e incomunicable; la presencia personal del Espíritu es, al mismo tiempo, una invitación a la comunión, y mismo el Espíritu que nos habita nos permite a los cristianos reconocernos mutuamente. De este modo, el Espíritu Santo se hace fuente de comunión eclesial; cuando fue derramado en Pentecostés, impulsó a los apóstoles a anunciar valientemente el evangelio de Jesús recibiendo en la única Iglesia a multitud de pueblos que, hablando lenguas diferentes, se comprendían (Hch 2,8) y se sentían unidos (Hch 2,44). Esto significa que no hay espiritualidad sin comunión; con otras palabras, la presencia del Espíritu en el corazón no es auténtica si no lleva a una mayor confianza en la comunidad, a un vínculo más sentido con la Iglesia, animada y vivificada por el Espíritu.

     Al mismo tiempo, el Espíritu suscita en nosotros una fe más experiencial, más viva y menos aprendida. Por el Espíritu «personalizamos» la fe, lo que quiere decir que nuestra respuesta a la Palabra de Dios no se limita a un conocimiento «de oídas», sino que trata de ser una expresión convencida, ardiente y fuerte. Con esta hondura personal, la nuestra es también una fe que entusiasma, una fe que contagia. El Espíritu Santo da fortaleza a los cristianos para que den testimonio del evangelio, para que no crean que los dones de Dios son un merecido premio del que disfrutar aisladamente, sino que ayuden a todos a acoger estos mismos dones.

     Por consiguiente, si el Espíritu es en los cristianos intimidad y experiencia en la fe, no es menos comunión eclesial y misión evangelizadora. Éstas se convierten en señales externas de la vida que ha acogido al Espíritu. El Espíritu Santo nos permite participar de la intensidad evangelizadora de Jesús, que al comienzo de su misión, en la sinagoga de Nazaret, hace suyo el pasaje del profeta Isaías en el que está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar el evangelio a los pobres, la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19; cf. Is 61,1-2). El Espíritu impulsa a los cristianos a ser en el mundo lo que el alma es el cuerpo, a vivificarlo y transformarlo según el proyecto de Dios.

Cristo que vive en mí

     Cristo es evidentemente el centro de nuestra experiencia de fe. Ser cristiano consiste en descubrir que Cristo nos ha elegido (cf. Jn 15,16) y nos ha amado hasta el extremo entregándose por nosotros (Gal 2,20). De algún modo todos nos hicimos presentes en la conciencia de Cristo, que quiso asumir la humanidad para acogernos en su propio ser divino. Es el gran misterio de la encarnación, que resulta ser nuestra presencia en la humanidad de Jesús y en su entrega.

     Pero la fe cristiana no consiste solo en nuestra presencia en Jesús: también consiste en la presencia de Jesús en nosotros, en una intimidad profunda que nos llena de plenitud y alegría: «vivo yo, pero es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Todos hemos experimentado esta presencia interior de los amigos y de las personas que queremos: van «dentro de nosotros», y vivimos internamente como nuestras cada una de sus propias circunstancias. Esta profunda comunión es un regalo en el que intervienen las condiciones personales, la afinidad, las experiencias compartidas y también el tiempo vivido en común.

     Pues bien, esta intimidad con Cristo en la vida cristiana es fruto de la acción del Espíritu Santo. Jesús nos ha enviado su Espíritu para poder entrar también en nuestros corazones: «os enviaré al Paráclito… el Espíritu de la verdad, que os guiará a la verdad completa» (Jn 16,13). Cristo ha querido construir su amistad con nosotros enviándonos su Espíritu, por medio del cual se adentra en nuestro corazón. Todos los sacramentos manifiestan y realizan esta donación del Espíritu, que nos comunica a Cristo y que nos impulsa a confiarnos en las manos de Dios Padre. Incluso en la eucaristía, el Espíritu transforma el pan y el vino para que podamos unirnos a Cristo y a su ofrenda: al comulgar, Cristo nos une a sí y el Espíritu nos trae su presencia y construye la unidad de la Iglesia.

     Muchas personas son especiales porque nos evocan a otras. Más aún, la grandeza de muchas personas consiste en remitir constantemente a otro. Solo en esta clave podemos comprender al Espíritu de Jesús. Él es así: se nos muestra mostrando a Otro; habla de sí, hablándonos de Otro; se nos sugiere sutilmente trayéndonos la presencia de Cristo que lo transforma todo. 

     El nombre del Espíritu

     Por remitir siempre a Cristo, la presencia personal del Espíritu se nos hace siempre muy inaprensible. Algunos cristianos podrían pensar: «si yo ya hago oración a Cristo, y si ya me dirijo al Padre con las palabras que Jesús nos enseñó, ¿por qué tendría también que dirigirme al Espíritu?». Creo que esta pregunta no está bien formulada, porque en realidad el cristiano no podría hablar con Cristo en sí, ni podría por medio de Cristo dirigirse a Dios como Padre, si no tuviera ya el impulso interior del Espíritu de Jesús, que es su Don, que lo hace presente, que mueve la oración (cf. 1Cor 12,3). Por tanto, nuestra oración como discípulos a Cristo y como hijos al Padre es la mejor prueba de la presencia en nosotros del Espíritu de Jesús.

     Quizás por eso el nombre más apropiado para la persona divina sea precisamente Espíritu, esto es, «viento», «soplo», que impulsa y alienta pero que no puede ser visto, ni dominado ni controlado. Muchos teólogos han buscado otros nombres más propios para el Espíritu, que describan mejor su identidad personal y no solo su condición genérica (Espíritu Santo es un nombre genérico porque tanto el Padre como el Hijo también son «Espíritus» y son «Santos»). En el evangelio de Juan, Jesús lo llama «Defensor» o «Consolador» (en griego, «Paráclito»). San Agustín decía que el nombre personal del Espíritu es el «Don de Dios»: el Don personal que Jesús nos hace, porque es el Don personal que Jesús recibe de su Padre. Otros autores prefieren hablar del Espíritu como Amor: entre alguien que ama y aquel que es amado surge una realidad nueva, que es fruto de su mutua donación y que al mismo tiempo la trasciende, y que es precisamente el amor; la grandeza del amor explicaría el ser del Espíritu, fruto del amor entre el Padre y el Hijo. Pero estas reflexiones son muy difíciles de seguir y, en gran medida, poco evidentes.

     El himno que se proclama antes del evangelio de la misa de Pentecostés dirige al Espíritu Santo varios nombres muy sugerentes: el Espíritu es descanso, brisa, gozo, luz… Ahora bien, se trata de invocaciones poéticas que no aluden directamente a su condición personal, sino a su acción. Pero, si lo recitamos con atención, encontraremos el nombre que quizás resulte más apropiado, la expresión que contiene un buen resumen de estas reflexiones sobre la presencia interior del Espíritu, que desde dentro nos da fortaleza personal y experiencia de fe: me refiero a la expresión «dulce huésped del alma». En la fiesta de Pentecostés los cristianos acogemos interiormente al Espíritu, huésped del alma, y nos sentimos habitados por Aquel cuya presencia es garantía de la cercanía del Señor y de la transformación de nuestro ser como hijos de Dios: el Espíritu que nos impulsa a tener la misma misión de Jesús y a poner su fuego en el mundo que nos rodea.

     Por eso, quiero terminar esta reflexión sobre el Espíritu invitándoos a dirigirle sentidamente estas palabras de la secuencia de Pentecostés y a pedirle una mayor conciencia de su acción en nuestros corazones:

Ven Espíritu Divino,

manda tu luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre;

don en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre

si Tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones

según la fe de tus siervos.

Por tu bondad y tu gracia

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

     El Espíritu Santo desborda siempre nuestra experiencia creyente, y siempre nos resultará difícil entender su acción en nuestra vida cristiana. Por eso, quien mejor puede ayudarnos a descubrir su presencia y acoger su gracia es la Virgen María: el Espíritu vino sobre ella y preparó su corazón para acoger al Hijo de Dios, haciéndola Madre de Jesús y Modelo de la Iglesia. Ella es la portadora del Espíritu y con ella esperaremos al Espíritu Santo en un nuevo Pentecostés. 

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Las matrículas de Ciencias Religiosas para las asignaturas del segundo cuatrimestre se realizarán del 1 al 5 de febrero, de 17:30 a 20:30, en la secretaría del Instituto.

Debido a las circunstancias sanitarias, los alumnos también pueden realizar la matrícula por email, descargándose el impreso en la pestaña "Secretaría" de esta misma página, rellenándolo y remitiéndolo a la secretaría del Instituto.

Las tutorías del segundo cuatrimestre comenzarán de manera presencial el día 11 de febrero.

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Los exámenes de Ciencias Religiosas se celebrarán, como está previsto en la Guía Académica, los días 28 y 30 de enero. Dadas las circunstancias sanitarias, se ha decidido que los exámenes se hagan a distancia, en tres modalidades: entrevista por videoconferencia, examen a distancia o trabajo escrito. En los dos primeros casos, los exámenes mantienen el horario previsto en la Guía Académica.

A continuación se enumeran las asignaturas que tienen exámenes en enero y la modalidad de examen de cada una de ellas:

Asignatura

Modalidad

Antropología teológica

Entrevista por videoconferecia

Bautismo y confirmación

Trabajo escrito

Corpus joánico

Trabajo escrito

Corpus paulino

Trabajo escrito

Derecho canónico

Examen escrito a distancia

Dios uno y trino

Entrevista por videoconferencia

Eclesiología

 Trabajo escrito

Escatología

Entrevista por videoconferencia

Eucaristía

Trabajo escrito

Evangelios sinópticos y Hch

Trabajo escrito

Filosofía y fenomenología de la religión

Trabajo escrito

Historia de la filosofía antigua

 Examen escrito a distancia

Historia de la iglesia antigua

Examen escrito a distancia

Historia de la iglesia moderna

Examen escrito a distancia

Introducción a la sagrada Escritura

 Trabajo escrito

La iniciación cristiana

Examen escrito a distancia

La vocación en la biblia

Examen escrito a distancia

Liturgia

Examen escrito a distancia

Metafísica

Entrevista con el profesor

Misión de la iglesia

Examen escrito a distancia

Moral fundamental

Examen escrito a distancia

Moral personal

Trabjo escrito

Moral social y DSI

Examen escrito a distancia

Patrología

Trabajo escrito

Religiones universales y sectas

Examen escrito a distancia

Teología del amor humano

Entrevista por videoconferencia

Teología espiritual

 Trabajo escrito

Tutoría de orientación pedagógica

Examen escrito a distancia

 

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El obispo emérito de Ciudad Real, D. Antonio Algora Hernando, fue llamado a la Casa del Padre el día 15 de octubre de 2020. La comunidad educativa del Instituto Diocesano de Teología lo encomienda a Dios en sus oraciones. Fue D. Antonio quien, en el año 2009, creó el Instituto Diocesano de Teología, que después se ha ido regulando de acuerdo a las distintas disposiciones académicas y eclesiales. Nos sentimos todos unidos en la oración y en la esperanza cristiana.

Se ha ampliado el plazo de entrega de pruebas de evaluación para los alumnos de Ciencias Religiosas, retrasándose hasta el día 27 de mayo. Los exámenes de la tercera convocatoria se han retrasado también dos semanas. Algunas asignaturas han optado por examinar mediante un trabajo escrito; se trata de:

  • Primero de CCRR: Fenomenología de la Religión, Introducción a la Sagrada Escritura, Pentateuco y Libros históricos, Evangelios sinópticos y hechos de los apóstoles, Introducción a la Teología, Pedagogía de la Fe.
  • Segundo de CCRR: Cristología, Dios Uno y Trino, Antropología Teológica, Bautismo, Eucaristía, Patrología.
  • Tercero de CCRR: Eclesiología, Escatología, Mariología, Moral de la persona, Teología espiritual, Penitencia y Unción, Matrimonio y Orden.
  • Todas las asignaturas de Licenciatura en CCRR.

Las asignaturas que han optado por examen escrito a distancia son:

  • Primero de CCRR: Historia de la Filosofía 1 y 2, Antropología Filosófica, Metafísica y Teoría del conocimiento, Teología Fundamental, Historia de la Iglesia 1 y 2.
  • Segundo de CCRR: Libros proféticos y sapienciales, Corpus paulino, Moral fundamental, Introducción a los sacramentos, Orientación Pedagógica.
  • Tercero de CCRR: Liturgia, Moral Social, Derecho Canónico, Corpus Joánico.

Los exámenes se realizarán el día y la hora indicados en el Programa Académico, pero dos semanas más tarde. Para cualquier duda, se puede escribir un correo electrónico a la Secretaría.

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El periodo de matrículas en los cursos del Instituto de Teología (Ciencias Religiosas y cursos propios de enseñanza no reglada) se abre el 28 de septiembre y se extiende hasta el 2 de octubre. Para las matrículas en la Secretaría, el horario es de 17:30 a 20:30 h. También se puede realizar la matrícula por correo electrónico.

Proceso de matrícula por email

El alumno debe descargar en el apartado "Secretaría" de esta misma página web el impreso de matrícula (ya sea de Ciencias Religiosas, ya sea de los cursos propios), rellenarlo y enviarlo a una de las dos direcciones de correo que se indican en el apartado "Contacto". La secretaría se pondrá en contacto con el alumno para indicarle la recepción de su matrícula y otros datos de interés.

El pago puede hacerse por transferencia, al número de cuenta indicado en el impreso. El curso básico de teología (año 1) cuesta 75 €. El curso de profundización cuesta 60 €. Si se hace el ingreso, puede enviarse el justificante del pago de las tasas al mismo tiempo que se envía el impreso de matrícula rellenado. La matrícula no estará formalizada hasta recibir el pago, con la correspondiente comunicación de la Secretaría.

La Secretaría indicará al alumno si debe enviar también otra documentación.

Para las matrículas de Ciencias Religiosas es mejor esperar que la Secretaría indique el importe a pagar, antes de efectuar la transferencia.

Sobre la asistencia presencial en la actual situación sanitaria

Las tutorías de Ciencias Religiosas serán, en principio, presenciales los jueves, según el horario indicado en el apartado correspondiente.

Las clases de los cursos propios serán por videoconferencia. Cada miércoles el alumno recibirá en su correo electrónico los enlaces correspondientes para las clases de las 18:00, las 19:00 y (en el caso del curso básico) las 20:00 h. No obstante, es posible que cada miércoles pueda asistir un número reducido de alumnos. El alumno que desee asistir presencialmente debe indicarlo en el impreso de matrícula. Con los alumnos interesados en asistir, la Secretaría organizará las asistencias presenciales e indicará a cada alumno cuándo puede venir al Centro. Si solo están interesados en venir presencialmente 20 alumnos, es fácil que puedan venir todos los miércoles; pero si los intersados son 40, tendrán que venir en miércoles alternos, o cada tres miércoles si los alumnos interesados en venir son 60, y así sucesivamente. La Secretaría informará de todos los detalles; no se debe acudir al Centro para las clases de los miércoles sin el correspondiente aviso de Secretaría.

El director del Instituto Dicesano de Teología "Beato Narciso Estenaga", D. Juan Serna, ha difundido entre los alumnos del Instituto este artículo para ayudar a integrar desde la fe la difícil situación que hemos sufrido. Lo publicamos aquí para su difusión.

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Lo que nuestra fe puede aprender de esta pandemia. Reflexión teológica

Juan Serna, 17 de mayo de 2020

Cuando pase lo peor de esta pandemia necesitaremos echar la vista atrás y contarnos lo que hemos vivido y sufrido. Haremos muchos balances en diferentes ámbitos, haremos homenaje a los que lucharon y a los que se fueron, haremos también muchas narraciones que grabaremos en nuestra memoria y en nuestro corazón. Necesitamos hacernos cargo de la historia vivida para afrontar el futuro, porque nuestra existencia se va tejiendo en el relato.

Y los cristianos, ¿haremos también este proceso de duelo y de esperanza, o nos conformaremos con dar gracias por haber sobrevivido, apresurándonos a volver a lo de antes, a lo de siempre? Ante esta situación, no eludamos una mirada cristiana, porque el sufrimiento que ha golpeado a tantas familias y la distancia humana que ha dejado tantas heridas suponen una fuerte interpelación a la fe, ahogada con frecuencia en oraciones angustiadas por el temor y la inquietud ante el futuro… 

¿Puede la fe cristiana quedar insensible ante la pandemia? Esta pregunta lanza un reclamo a la teología, cuya misión es comprender la fe cristiana en relación con la experiencia humana, buscando luz, haciéndose preguntas, indicando caminos, mostrando las huellas de la presencia del Señor. También en este momento necesitamos una orientación teológica. Es posible que, dadas las circunstancias, escuchar a la teología no sea fácil. La teología toma la forma de la reflexión y su mejor expresión es la palabra escrita: apuesta por el texto. Incluso en la era del predominio de lo audiovisual, nada puede sustituir a la lectura sosegada, el silencio que conecta las ideas con la hondura del corazón, la pausa que madura las convicciones… Se requiere el esfuerzo de la lectura, superar la fugacidad del impacto para preferir la paciencia que sedimenta. Si la palabra es semilla, la lectura es la mejor siembra.

Las reflexiones que pueden leerse en estas páginas no pretenden justificar el dolor sufrido; nadie puede hacerlo. Tampoco quieren hacer una apología, uno de esos rudos esfuerzos por defender la fe que terminan pareciéndose al inútil empeño de un niño que trata de impedir que las olas del mar en la playa deshagan y arrastren su castillo de arena. Hay algunas formas de vivir la fe que tienen que caer, inermes ante la palabra de Cristo que pide levantar nuestras casas sobre roca (cf. Mt 7,24-27). Cuando tantas cosas se tambalean, ¿cuál es el suelo firme que ofrecemos los cristianos? A la vista de tanto dolor, de tantos sacrificios, de tanta incertidumbre y, también, de tanto delirio, ¿tiene algo que decir la fe cristiana? O mejor, ¿tiene algo que decirse? ¿Qué consecuencias va a tener esta pandemia para la fe? Esto es lo que se trataremos de responder aquí.

 

Una fe que (se) resiente

Las últimas semanas no han movido solo sentimientos humanos. La inseguridad y la tristeza, la admiración y el reconocimiento, la fatiga y la nostalgia, y los demás sentimientos, también han golpeado en nuestra conciencia creyente con su ímpetu, o con su caricia. Los ecos de estos sentimientos han llevado a algunos cristianos a pensar que su fe es débil, al sentirla balanceada por la fuerza de la humanidad herida. Sin embargo, necesitamos decirnos que no es débil esta fe que se ha dejado afectar por los sentimientos humanos: es más frágil aquella fe que no se apea de sus falsas certezas, con las que pretende domesticar a Dios, asignarle un sitio fijo y, en definitiva, limitar su condición divina. 

La fe se fortalece y crece cuando no se separa de la humanidad y de sus sentimientos. No es cristiano dividir la existencia humana en dos compartimentos: uno, el de la vida con sus altibajos, y otro, el de la fe con sus certezas; cuando se separan tanto las dos dimensiones, fe y vida, la fe queda alejada de la vida hasta el punto de que se termina viviendo sin fe. Se corre el riesgo de acostumbrarse a vivir con unas normas y costumbres generales, y a pensar en la fe como una burbuja alejada de la vida, en la que podemos refugiarnos para volver después más o menos renovados a la existencia cotidiana; pero esta creenciasin influencia en la vida ya no puede llamarse cristiana.

Por tanto, en la conciencia creyente deben resonar los sentimientos humanos en toda su amplitud. Especialmente en estas circunstancias, es necesario que nuestra fese resienta, es decir, que se vea afectada y sobrecogida por lo que vivimos, y que se re-sienta, esto es, que sea vivida otra vez como recién descubierta.

Una fe así «amenazada por la humanidad», tocada por lo más humano, conmovida por la humanidad, será reflejo de la experiencia de Cristo que, siendo consciente de su identidad como Hijo de Dios, no dejó por eso de asumir las vivencias humanas, de comprobar en su propia carne lo que experimentamos al amar, al llorar, al soñar, al morir… En Cristo, la identidad divina no es obstáculo para una más honda experiencia humana auténtica. Por eso, en el cristiano, la fe no puede presentarse como un mantra que insensibiliza ante los latidos más trágicos del corazón humano. 

Hacer resonar la humanidad en la «interior bodega» de la fe puede amplificar las heridas, y por eso pide un esfuerzo de purificación de nuestra forma de creer. ¿Qué fuerza tiene el creyente ante tanto dolor, ante tanta fragilidad? Siempre se puede ofrecer un pequeño compromiso, cercanía, una pequeña ayuda… Pero más allá de estos gestos de solidaridad, a veces heroicos, el creyente siente que su fe, en estas circunstancias, es frágil, y hasta impotente. Y entonces, ¿para qué sirve una fe así? Alguien podría dudar de la utilidad de la fe, y tendremos que recordarnos que la fe verdadera no puede medirse por criterios de utilidad; cuando quiere convertirse en una terapia, o en una metodología, la fe se desvirtúa. La fe frágil es la fe más fuerte porque remite a Cristo crucificado. Al Cristo que, a decir de Pascal, «estará en agonía hasta el fin de los tiempos».

Esta fe frágil, herida, impotente, remite con más verdad a Cristo crucificado, y lejos de presentarse como un catálogo de respuestas aprendidas, se muestra como un encuentro personal con el Cristo que, por acoger en su corazón las tragedias humanas, terminó sus días crucificado; el Cristo que en su estado glorioso mantiene las llagas de la cruz. La fe cristiana es una mirada elevada hacia Cristo suspendido en la cruz. La fragilidad salva. «Cuando soy débil, soy fuerte» (2Cor 12,10). Nunca estaremos más cerca de una auténtica experiencia de fe como al acoger en nuestra conciencia creyente los temblores de la humanidad sufriente. Dios eligió para salvarnos el camino de la cruz.

 

Ayuno eucarístico

Para muchos cristianos, una gran dificultad de estas semanas ha sido no poder celebrar la eucaristía, ni poder comulgar. En su lugar, hemos tenido que buscar otras formas de mantener viva la comunión con el Señor: tiempos de oración personal más intensa, transmisiones de algunas parroquias o comunidades, comunicaciones a distancia con otros cristianos… 

Ante todo, hay que agradecer el despliegue de tantas herramientas digitales para vivir la fe, que ha incluido muchos elementos de gran ayuda para las familias, para las personas más solas y afligidas, para sostener cierto contacto con la Iglesia. En este despliegue, sin embargo, también se han deslizado a veces algunos elementos que, en lugar de ayudar, han terminado sirviendo más bien para despistar. 

A este respecto conviene recordar dos cosas. En primer lugar, que en la eucaristía la presencia del Señor no se circunscribe a los dones sacramentales, sino que comienza por su presencia en la comunidad reunida: «cuando dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). La eucaristía es el gran tesoro de la Iglesia; pero hay que evitar toda «mitificación del culto» que derive en actitudes que tienen más de superstición que de verdadera fe. Por eso no se entiende, por ejemplo, que se reclamara ir a Misa como acto de culto sin pensar que no era posible el encuentro personal, aunque fuera mínimo, con la comunidad que celebra.

Porque, en segundo lugar, conviene recordar que el culto que Dios nos llama a ofrecer es el de la propia vida: somos un pueblo sacerdotal llamado «a ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo» (1Pe 1,5), a ofrecernos nosotros mismos como ofrenda agradable a Dios (cf. Rom 12,1), a hacer de cada acontecimiento de nuestra vida una ofrenda a Dios. Los actos de culto no se limitan a los que podemos hacer en la iglesia: para un cristiano, los actos de culto son las actividades de la propia vida cuando las vivimos como sacrificio ofrecido a Dios por medio de Jesús. Nuestro bautismo nos ha convertido en sacerdotes que, por medio de Jesús, ofrecen a Dios el trabajo, el ocio, las preocupaciones, las alegrías. Unidos a Cristo hacemos de los pequeños gestos de cada día una ofrenda agradable a Dios; hacer las cosas en nombre de Jesús convierte nuestra vida en culto a Dios. Para hacer de nuestra vida una ofrenda a Dios necesitamos estar unidos a la ofrenda que Jesús hace de su vida, y por eso necesitamos la eucaristía. Es decir, no participamos en la eucaristía para satisfacer una devoción personal, ni la eucaristía es solo el milagro de la transubstanciación; la eucaristía es el sacramento que transforma el sentido de nuestra vida cotidiana. 

Por consiguiente, tendríamos que preguntarnos a qué nos conduce este obligado ayuno eucarístico de tantas semanas. Si el ayuno eucarístico habitual nos prepara para valorar el sacramento que recibimos, este ayuno de meses, lejos de frustrarnos, debe preparar un retorno más hondoa la eucaristía. Tenemos que aprovechar este ayuno eucarístico para impulsar nuestra comprensión de lo que ocurre en cada eucaristía que se celebra: se vive la fe en comunidad, se escucha la Palabra del Señor que nos enseña, se comparten los cinco pequeños panes poniéndolos en manos de Cristo, se recibe la presencia del Resucitado que nos une a sí y entre nosotros, y nos transforma. 

 

 

Nacer para morir… para vivir

La gran tristeza de estas semanas ha sido la muerte de tantas personas en circunstancias tan dramáticas, alejados de sus familias y en medio de tanta soledad. En estas circunstancias, ningún discurso puede mitigar el dolor de las familias. Sabemos que a todos tiene que llegarnos la hora de la muerte, pero nada puede explicar la dureza de la muerte en estas semanas.

Y los cristianos, ¿qué nos decimos ante esta tragedia? En cierto sentido, la pandemia ha sacado a la luz nuestras dificultades con la fe en la trascendencia. Nos aferramos fuertemente a esta existencia que el Señor nos ha regalado, y tendemos a olvidar que el verdadero don de Dios es la vida en comunión con Él. Esta vida es solo el anticipo de la única vida que bien merece ese nombre, que es la vida eterna en comunión con Dios. 

Ante la muerte, la resignación es la respuesta más habitual desde los estoicos. La inesperada pérdida de un ser querido hace repetir a muchas personas este comentario: «sabemos que nacemos para morir». Es un modo de intentar encontrar lógica en un suceso que es totalmente inexplicable, a veces hasta cruel. Pero estas palabras ofrecen poco consuelo.

En este «valle de lágrimas», con una profunda conciencia de dolor, y sin que la tragedia pierda un ápice de su dramatismo, los cristianos nos enfrentamos a la verdad fundamental de nuestra fe: por la resurrección de Cristo, sabemos que nacemos no para morir, sino para vivir. Nuestra convicción es que «si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe» (1Cor 15,17), y por eso creemos que nuestra existencia no alcanza su plenitud con las cosas que vivimos en los años en que crecemos, trabajamos, amamos, compartimos… Nuestra plenitud será el encuentro definitivo con Cristo a través de la pasarela de la muerte: «si ponemos nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los hombres más dignos de compasión» (1Cor 15,19). La fe cristiana solo tiene sentido en la perspectiva de la eternidad; cuando menos lo esperemos, esta eternidad nos saldrá al paso en forma de enfermedad, de accidente, o de agotamiento paulatino. Los grandes santos siempre se han atrevido a dedicar elogiosas palabras al angosto puente que los conduciría al encuentro con Dios. Ciertamente hay que ser muy santo para abrazarse a la cruz.

El bautismo es para los cristianos garantía de la vida eterna, y modifica ya en este momento de nuestra existencia nuestra relación con la muerte: por el bautismo, ya hemos pasado con Cristo de este mundo al Cielo; por tanto, hemos atravesado sacramentalmente la puerta la muerte, y vivimos ya la realidad del encuentro con Dios: «¿o es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos sepultados con él en la muerte por el bautismo, para que lo mismo que Cristo resucitó también nosotros vivamos vida nueva» (Rom 6,4). La muerte ya nos ha alcanzado, y con Cristo la hemos vencido. El bautismo no hace menos trágica nuestra muerte, pero sí nos permite mirar la vida con otra hondura, con menos miedo: Cristo vino para «liberar a los que, por temor a la muerte, estaban sometidos a esclavitud» (Heb 2,15). En este sentido, el bautismo ha anticipado la hora de nuestra muerte para ponernos ya en comunión con Dios.

La vida cristiana no consiste en desentenderse del presente para poner todas las esperanzas en un utópico mundo futuro, sino en adelantar el encuentro con Dios del futuro a las condiciones de la existencia actual. El cristiano debe vivir ya ahora lo que está llamado a vivir eternamente, y hacer del presente algo que merezca vivir por la eternidad. Solamente la perspectiva de futuro da sentido y orientación al presente.

 

¿Qué digo a quien sufre?

Las semanas de confinamiento nos han impedido también acompañar como quisiéramos a las personas que han tenido que despedir a un ser querido, fallecido en circunstancias de una dolorosa soledad. No nos ha sido posible estar físicamente cerca de ellos, abrazarlos y acompañarlos con nuestro afecto, que en situaciones de tanto dolor es lo único que ofrece apoyo y consuelo. En la distancia, lo único que nos quedaba eran las palabras. Y los cristianos nos hemos preguntado también en estos días: ¿qué le digo a quien sufre…?

La esperanza en la vida eterna es para los cristianos aliento en la tragedia. Pero nuestras convicciones se vuelven difíciles de traducir en palabras para quien acaba de perder a una madre, un padre, a un amigo, a un hijo… No son palabras que puedan pronunciarse a bocajarro, sin algún tipo de preparación afectiva. Creemos en la vida eterna, pero en determinados momentos nuestro corazón y nuestra mente se llenan de la tristeza por los recuerdos que se esfuman, los encuentros que no volverán, los vacíos que se presentan, o las cosas que quedaban por decir… Sin la presencia, sin el abrazo, sin el cariño de la cercanía, ¿qué decir en estas circunstancias?

Lo primero es, quizás, reconocer lo obvio: nada de esto tiene explicación; es inútil hacerse preguntas, porque no encontraremos ninguna respuesta. El esfuerzo que empleamos en plantearnos el sentido de tanta tragedia no hace más que ampliar nuestro dolor y sumergirnos más aún en la desesperación. No hay explicación posible, no hay que buscar ninguna conclusión. Por otro lado, hay que reconocer también que nadie merece morir de esta manera: inesperadamente, en soledad, sin la posibilidad de ser despedido por sus familiares y sin un generoso reconocimiento social. Ahora bien, reconocida esta terrible realidad, ¿qué más se puede decir? ¿Qué otras palabras pueden ayudar? 

Posiblemente, los momentos de un duelo tan especial no sean los más adecuados para explicar las promesas del Señor, ni para recordar la enseñanza de la Iglesia sobre la resurrección y la vida eterna. La catequesis pide un tiempo de mayor serenidad para precisar bien el sentido de la fe. Ahora bien, aunque pueda resultar un tópico, en esos momentos el cristiano tendría que vencer la tentación de «hablar de Dios», para atreverse a «hablar a Dios», e invitar humildemente a quien sufre a elevar su mirada a Jesús y a su Padre, para descargar su dolor y sus recuerdos, para llorar su impotencia y su malestar, para pedir luz y fortaleza. «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). En estas circunstancias, los cristianos debemos aprender a presentar la fe no como un mensaje objetivo sobre Dios, sino como una invitación al encuentro personal con el Dios que sufre y que comparte las circunstancias de nuestra vida.

Y a quien no cree, o a quien duda de su fe, ¿qué le decimos? Ante todo, le ofrecemos el testimonio de nuestra cercanía y de nuestra amistad mediante nuestras palabras de consuelo. Hay palabras que no se preparan, pero que tampoco se improvisan: salen porque sí, del fondo de la amistad vivida en tantos encuentros previos. A estas personas, que son nuestros amigos, y que no tienen fe, no podemos invitarlas a rezar; los conocemos, los queremos y respetamos sus opciones de conciencia. Pero nosotros sí podemos rezar por ellas y por sus difuntos, hablarle al Señor de ellos y de su dolor, expresar con nuestra oración un gesto de afecto y de reconocimiento de la dignidad de sus difuntos. Y también podemos decir a nuestros amigos no creyentes que rezamos por ellos; quizás no terminen de entender qué es la oración, ni se atrevan a mirar más allá del horizonte del mundo, pero si son nuestros amigos reconocerán que, al rezar, hacemos por ellos algo que para nosotros es importante. Es un gesto aparentemente débil, pero muy elocuente. Lo que apenas cuenta puede convertirse en testimonio de dignidad personal y de la grandeza del afecto humano.

 

La oración 

Como ya hemos dicho, durante los días de pandemia los cristianos hemos atesorado momentos de una oración más intensa y frecuente. La oración no es solamente hablar a Dios: la oración es también escucharle, aunque los cristianos nos quedamos muchas veces solo con la primera parte. Pues bien, en estas circunstancias, para muchos cristianos lo que Dios ha dejado oír más fuertemente ha sido su silencio: ante la muerte de miles de personas, ante la impotencia de los sanitarios, ante las injusticias añadidas, egoísmos y pillajes propios de toda crisis… la mirada dirigida al cielo no recibía más respuesta que el silencio. Han sido tiempos de cruz, y no hay que olvidar que en la cruz Dios nos muestra su amor en el más dramático silencio. ¿Quién podría atreverse a hablar en nombre de Dios en medio de tanto dolor? 

El silencio en la oración nos recuerda que la oración no es principalmente palabra o diálogo, sino esencialmente compañía y contemplación. La oración es estar con el Señor, y contemplarlo unas veces luminoso en la cumbre del Tabor —gustar la alegría de compartir con Él nuestro camino—, y contemplarlo otras veces humillado en la cumbre del Calvario —donde solo podemos compartir su silencio al pie de la cruz. La oración nos introduce en la vida de Cristo y, en estas circunstancias, nos invita a guardar silencio con Él. El cristianismo no es religión de palabras, sino de compañía. No se es cristiano por adhesión a un mensaje, sino por adhesión a una persona; ser discípulo es volverse consciente de que Jesús nos deja acompañarle. Y con Él vivimos la alegría y la tragedia, el dolor y la esperanza. Por eso, la oración es la actitud fundamental del cristiano, particularmente en medio de estas tormentas.

El silencio en la oración nos deja a la intemperie porque nos cuesta admitir que Dios habla también con el silencio, y porque, si Dios es silencioso, también nosotros estamos obligados a guardar silencio con más frecuencia de la que nos gustaría. Debemos aprender a no mezclar la Palabra de Dios con nuestras propias palabras, a no revestir de doctrina de fe o de enseñanza evangélica lo que no son más que opiniones políticas o ideológicas propias. Las dificultades de la situación y la tensión generada pueden llevar a muchos a desahogarse con duras palabras contra los responsables políticos o con juicios temerarios que no son testimonio del evangelio. Es verdad que este tipo de manifestaciones encuentran siempre un público dispuesto a aplaudirlas, y esto es quizás lo que algunos buscaban en estos momentos de vacío. Pero también es verdad que estas manifestaciones no proporcionan la serenidad que la situación requiere, y que alejan de los dones de Cristo Resucitado, que son la paz y la libertad. A palabras de ese tipo les faltaba mucho silencio previo.

Es verdad que, hasta cierto punto, se puede comprender que una coyuntura compleja dé origen a respuestas variadas: desde la alarma hasta la prudencia, pasando por el estallido impaciente o por la vigilancia atenta. Pero la oración nos libera de las reacciones instintivas y nos proporciona perspectivas más maduras. Los cristianos tenemos la misión de transformar la sociedad con los criterios del evangelio, y para eso podemos tomar las opciones sociales, económicas o políticas que consideremos más apropiadas en conciencia, a la escucha de lo que, en la oración, el Señor sugiere a cada uno. La fuerza de la oración no puede quedar ahogada por la efervescencia de una situación compleja. Las situaciones de emergencia no piden respuestas instintivas, sino respuestas firmes que brotan de la serenidad del silencio.

Esta situación nos ha recordado que, a veces, el mundo no necesita únicamente nuestras palabras sobre Dios, sino que necesita el silencio de Dios para escuchar su Palabra. Y así, lo callado es también lenguaje de Dios. Para Elías, la brisa fue más mensaje que el fuego. El silencio de Dios nos desnuda la fe de ropajes que no la protegen sino que la angostan con falsas seguridades. El silencio de Dios nos coloca en las mismas condiciones de los que dicen que pueden vivir sin Dios, y nos obliga a preguntarnos qué aporta la referencia a Dios en nuestra vida. Quedan al descubierto nuestras trampas con la noción de providencia: si creer no puede garantizarnos que todo nos va a ir bien, ¿qué es entonces creer?

La oración en estas circunstancias nos recuerda que creer es vivir unidos a Cristo, permanecer en Él, vivir en su presencia en agradecimiento, en silencio, en alegría, en esperanza. Él habla, y es posible escuchar su voz; pero a veces Él también calla, y nos habla con su silencio. Los cristianos sufrimos los mismos golpes que todos los hombres, pero no avanzamos solos, sino en compañía de Cristo, que enciende nuestro corazón cuando nos habla por el camino, y también cuando calla y camina a nuestro lado. Los salmos de la Liturgia de las Horas se han llenado de sentido en este tiempo difícil, y hemos comprendido mejor las referencias del salmista a las amenazas, a la pobreza o a la enfermedad, pero también han sabido a nuevas las invitaciones a la valentía, a la esperanza o a la confianza que aparecen en estos poemas: «espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (Salmo 27), «el Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón de edad en edad» (Salmo 32).

Precisamente porque la oración nos hace vivir en la compañía del Señor, nos pide no vivir de manera irresponsable. Tan infantil es creer que la oración sustituye las medidas sanitarias, como creer que se aprobará un examen sin estudiar solo con rezar una oración. El silencio de Dios es su respeto por la estructura de una realidad que Él no violenta cuando la habita, una realidad que respeta incluso cuando la utiliza para hacerse cercano a nosotros. A veces, el silencio es la condición necesaria para la fe; imponiéndose, lo único que Dios conseguiría sería impedir nuestra libertad. La expresión de san Agustín «lucha como si todo dependiera de ti, pero confía porque todo depende de Dios» es una invitación a descubrir a Dios como fuente de valor y fortaleza, pero también como fuente de libertad y responsabilidad. Dios nos pide que nos hagamos cargo personalmente de un mundo hermoso y herido a partes iguales. Como a Job, el silencio nos permitirá conocer a Dios con más profundidad.

 

La fe en el Dios encarnado

Lo que define la fe cristiana es el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Movido de amor, Dios Padre ha salido al encuentro de todos enviando a su Hijo, que ha asumido como propia nuestra realidad humana. El Hijo de Dios es verdaderamente hombre, comparte nuestra condición y nos introduce en su propio ser, dándonos su Espíritu para ser semejantes a Él. La encarnación, y en condiciones de humildad, es el camino que Dios ha elegido para mostrar su amor a la humanidad.

Por eso, los cristianos no podemos renunciar al camino de la encarnación que es el propio de Dios. En el confinamiento, la vía de la encarnación ha consistido en general en mantener las distancias para evitar los contagios, pero también la valentía de los sanitarios que se han mantenido en su puesto para ayudar a los enfermos, o la de los servidores públicos que se han comprometido en hacer que todo funcione. Después del confinamiento, la vía de la encarnación consistirá en hacer esfuerzos por servir a los más necesitados, por estar cercanos a los que sufren, por comprometerse en reconstruir la sociedad.

En un mensaje dirigido a los cristianos en este tiempo difícil, el Papa Francisco nos recordaba que no podremos salir solos de esta crisis. La fe cristiana es radicalmente comunitaria; nadie es cristiano individualmente, sino en comunión. La fraternidad es un rasgo definitorio del cristianismo: porque Dios es Padre, la fraternidad no es una opción. Esta llamada a la comunión pide planteamientos radicales. El Papa se preguntaba:

«¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia?».

La fe en la encarnación del Hijo de Dios es un compromiso por la humanidad. Por su encarnación, el Hijo de Dios ha sufrido con nosotros estas circunstancias de dolor, pero también ha reavivado nuestra vocación a conocerlo y servirlo en nuestros hermanos. Precisamente porque nuestra humanidad está llamada a resucitar, necesita el mismo compromiso que llevó al Hijo de Dios a encarnarse por amor, a experimentar nuestra fragilidad, pero también a multiplicar nuestras capacidades. También ahora la encarnación es el único camino que los cristianos tenemos que aprender y que recorrer.

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Como es habitual, al llegar el mes de septiembre se inicia un nuevo curso académico en el Instituto Diocesano de Teología. Las circunstancias actuales refuerzan nuestra necesidad de conocer la fe y de pensar a su luz la situación actual. Estudiar teología nos ayuda a conocer mejor al Señor, pero también a mirar la realidad con nuevos ojos. Los retos que se nos plantean no pueden resolverse solo con buena voluntad; la teología nos ofrece orientación y sentido, y nos ayuda a encontrar a Dios en todo. El inicio de este curso estará marcado por la necesidad de tomar algunas medidas de precaución, tanto para realizar las matrículas como para el desarrollo de las clases. Os ofrecemos aquí toda la información.

Estudios de Ciencias Religiosas

Como es habitual, las tutorías de Ciencias Religiosas tendrán lugar semanalmente los jueves, entre las 16:30 y las 21:15 h. Dado que los grupos no suelen superar los quince alumnos por asignatura, podrán tenerse en principio de manera presencial, manteniendo siempre las medidas de seguridad (mascarilla obligatoria, distancia y lavado de manos). Si la situación sanitaria lo requiere, se contempla la posibilidad de ofrecer tutorías virtuales para las asignaturas.

Cursos propios de teología

En el curso básico de tres años se van a impartir las siguientes asignaturas: Introducción a la Sagrada EscrituraHistoria de la Iglesia Antigua y Medieval, yCristología. En el curso de Profundización, para quienes han realizado los tres años del curso básico, se imparten dos asignaturas: El libro del Génesis, y «Catolicismo», una obra del teólogo Henri de Lubac.

Estos cursos se tendrán, como siempre, los miércoles por la tarde, de 18:00 a 21:00. Ahora bien, este año se van a desarrollar por videoconferencia. Los alumnos matriculados recibirán en su correo electrónico un enlace para poder asistir a la lección del profesor en su ordenador, tablet o teléfono móvil; no se requiere instalar ningún programa, solo tener acceso a internet. Podrán ver al profesor, aunque solo participarán en vídeo y audio en el aula si el profesor lo autoriza; mientras dure la clase, podrán enviar sus preguntas por escrito. De momento, la asistencia presencial a las lecciones solo será posible para unos pocos alumnos (un máximo de 20). Los alumnos interesados en asistir presencialmente los miércoles deberán comunicarlo en el impreso de matrícula, y la secretaría se encargará de organizar las asistencias presenciales y de avisar a los alumnos.

Matrículas de cursos propios y Ciencias Religiosas

El periodo de matrícula para el curso 2020/2021 y para el primer cuatrimestre de Ciencias Religiosas es del 28 de septiembre al 2 de octubre de 2020. La matrícula puede hacerse presencialmente en secretaría, de 17:30 a 20:30 h. Dadas las circunstancias sanitarias, la matrícula también puede hacerse por correo electrónico: se debe descargar el impreso de matrícula en la página web, rellenarlo y enviarlo escaneado a la dirección electrónica del Instituto de Teología. La secretaría se pondrá en contacto con el alumno para tramitar las gestiones y para enviar los materiales.

Curso de agentes de pastoral

El curso de agentes de pastoral organizado por el Instituto de Teología quedó incompleto en el primer trimestre de 2020. Estamos preparando unos vídeos con las lecciones para que los alumnos matriculados puedan completar los temas que les faltan. Recibirán en su correo el enlace al vídeo correspondiente y tendrán que responder a un cuestionario. Puesto que el curso consiste en 10 lecciones, quienes lo terminen recibirán el diploma acreditativo; sin embargo, para quienes necesiten completar el curso se abrirá un nuevo proceso de matrícula después de Navidad. En principio no está previsto que el curso se realice de manera presencial: los alumnos recibirán el libro de texto, tendrán el apoyo de lecciones en vídeo y completarán un cuestionario por cada tema.

Curso de actualización para sacerdotes

Este año se realizará también el curso de actualización teológica para sacerdotes. Comenzará el día 21 de octubre, y terminará el día 10 de febrero. El tema elegido es el sacramento de la Penitencia. Las matrículas pueden realizarse desde el 20 de septiembre al 10 de octubre. Se desarrollará los miércoles, de 19:15 a 21:00, combinando la actividad presencial con la videoconferencia.

El Instituto Diocesano de Teología "Beato Narciso Estenaga" de Ciudad Real, en consonancia con las decisiones tomadas tanto por las autoridades sanitarias como por el Obispado de Ciudad Real, ha suspendido temporalmente toda la actividad académica presencial. No se tendrán las clases de los miércoles, ni las tutorías de los jueves, ni el encuentro del Curso de Agentes de Pastoral correspondiente al mes de marzo. Tampoco se atenderá presencialmente en la Secretaría, solo por correo electrónico. En cuanto superemos esta situación, el Instituto avisará de la reanudación de la actividad académica.